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EL MILLONARIO
Desde hace muchos años es costumbre de un instituto religioso, como un acto de conmiseración hacia los pobres y desamparados, dar de comer al mediodía, en un lugar especialmente habilitado hacia la calle, donde pordioseros e indigentes pueden acercarse para tener su alimento gratuitamente, por lo menos una vez al día.
Los interesados esperan en las inmediaciones hasta que cerca de las doce horas forman una hilera frente a la dependencia, con sus platos o vasijas donde reciben su ración diaria.
En la oportunidad, ya formada la cola pero aún cerrada la ventanilla, se acerca un nuevo pensionado, con apariencia algo extraña porque a pesar de tener el aspecto de un verdadero mendigo, su forma de andar y su mirada de indiferencia le dan un aire de importancia poco común en ese lugar, donde la sumisión, el mutuo respeto y el bajo perfil de las personas habituales, es lo más común.
Lo que más llama la atención es que además de las ropas gastadas y los opacos zapatos, sobre una camiseta de dudoso color, luce anudada al cuello una floreada y sedosa corbata.
Se acerca displicentemente y sin ningún rodeo, avanza lateralmente a la fila formada, en dirección a la ventanilla; en ese momento alguno de los que esperan, dice moderadamente:
-- Me parece que ese se quiere colar... --
Inmediatamente otro de los desvalidos le suelta directamente una advertencia:
-- Oíme, viejo, a la cola... ¡A la cola!... --
El personaje sin inmutarse prosigue airosamente su camino, cuando alguien, al pasar a su lado, lo detiene tomándolo de un brazo:
-- ¿Adónde vas?...¡ No escuchaste!... A la cola... No ves que recién llegás... --
--Yo no tengo que hacer la fila como ustedes -- le dice el nuevo, mirándolo fijo a los ojos.
-- ¿Nooo? Y se puede saber ¿Por qué? --
-- Porque yo no soy como ustedes, yo soy millonario
Todos lanzaron una tenue exclamación de asombro, mientras que el que lo sostenía del brazo lo soltó inmediatamente, entonces prosiguió la marcha hasta ubicarse adelante, justo en el momento en que se abría la ventanilla, siendo el primero en recibir la ración.
Todo sucedió del mismo modo por muchos días, hasta que apareció un nuevo indigente, que no entendiendo lo que allí estaba pasando, espetó de mala forma al acomodado, cuando volvía a colarse como todos los días:
--¡Cheee, amigo, a la cola! ¿O tenés coronita vos? --
-- Mirá, aquí todos ya saben, yo soy millonario, por eso no tengo que hacer la fila --
-- Si vos sos como decís, no tenés nada que hacer aquí, y me gustaría saber de dónde sacaste eso de que sos millonario --
-- Es fácil, viejo, ustedes son unos pobres indigentes y seguro todos bosteros, o sea hinchas de boca... --
-- Yo soy de San Lorenzo -- dijo uno -- Y yo de Racing -- dijo otro.
-- Ven, ven... como yo suponía...¡Ninguno es hincha de River! --
-- ¿Y eso que tiene que ver? -- le preguntó extrañado el nuevo, que era el que lo había encarado mal.
-- Es que yo soy hincha de River, por eso soy millonario... -- dijo tranquilamente el avivado, y mientras continuaba la marcha hacia la punta de la fila comenzó a canturrear el tradicional estribillo:
Si, si, señores yo soy de River, si, si , señores de corazón, porque, señores, el millonario, el millonario... siempre: ¡Es campeón!
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