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Cien
años atrás... Los asombros juveniles se desparramaban por las
empedradas calles de la Boca. La atracción del puerto, la curiosidad
por la llegada y por la salida de los barcos grises y gigantescos,
el magnetismo de los marineros que dejaban a su paso —altanero,
seguro, desfachatado— un fascinante aura de misterio. Los azorados
ojos de los chiquilines no alcanzaban para atrapar todo lo que
la escenografía les brindaba. Los oídos atentos no bastaban para
escuchar tantas historias: historias de tempestades incontrolables,
historias de pescadores infalibles, historias de mujeres ligeras,
historias de trompazos repartidos y sillas revoleadas. Cien años
atrás... Los buques y los marineros —ingleses la mayoría— tenían
una sola competidora en la preferencia de los jóvenes: la pelota.
Miraban a aquellos grandotes que bajaban de los cargueros para
ocupar el tiempo libre pegándole y pegándole a la redonda. Y se
animaban ellos mismos, con sus ímpetus pibes, corriendo hasta
el anochecer en los desparejos campitos de las carboneras de Wilson,
en la Dársena Sur. Cien años atrás... La Rosales y Santa Rosa,
los dos cuadritos del barrio, protagonizaban duelos interminables,
apasionantes. En La Rosales —tomaron el nombre de una corbeta
hundida frente a la costa uruguaya— jugaban Enrique y Alfredo
Zanni, Bernardo Messina, Carlos Antelo, José Rolón, Pedro Martínez,
entre otros, gente de clase media. Santa Rosa —bautizado así porque
se creó un 30 de agosto—, de mayor linaje social, tenía entre
sus miembros a Leopoldo Bard, Livio Ratto, Luis y Enrique Salvarezza,
Isidoro Kitzler, Luis Tarico, Abelardo Ceballos, José Pita. Ningún
rival podía contra los dos equipos del Riachuelo. La fama de La
Rosales —el más fuerte— y de Santa Rosa traspasaba las fronteras.
Todos querían ganarles; muchos adversarios llegaban de otras zonas
de Buenos Aires para tratar de terminar con la supremacía. A La
Rosales y a Santa Rosa cada vez les costaba más mantener el liderazgo.
Cien años atrás... Isidoro Kitzler —un británico nacido en Bombay
y uno de los entusiastas defensores de Santa Rosa— se iluminó.
Y tiró la idea: fusionarse. La Rosales aceptó enseguida. Pero,
¿cómo iba a llamarse el nuevo club? "Juventud Boquense", dijo
Messina. "Forward", lanzó Ratto. "La Rosales", apuntó Antelo.
"River Plate", mocionó Pedro Martínez, quien había visto ese nombre
(The River Plate) escrito en unos cajones descargados mientras
se edificaba el dique 3. La propuesta de Martínez ganó la votación.
Pero la cuestión no terminó ahí. Como los perdedores insistían,
se decidió resolver el tema de la mejor manera: con la pelota
de por medio. En el rectángulo de juego ganaron los que querían
llamarse Forward —el otro nombre en juego que quedaba era River
Plate—; en los papeles, nadie pudo con los argumentos de Leopoldo
Bard y Pedro Martínez. ¿Qué argumentos? Que River Plate sonaba
mejor... Cien años atrás... En el corazón de la Boca colorida,
trabajadora y genovesa, en Almirante Brown 927, en la vieja imprenta
de Gentile, aquel 25 de mayo de 1901 alumbró una pasión, alumbró
un sentimiento, alumbró una historia. Alumbró River Plate. ........................................................................
Ese día se formalizó la unidad, se rubricó el acta de fundación
y se constituyó la primera comisión directiva, con Leopoldo Bard
como presidente, Alberto Flores como vice y Bernardo Messina como
secretario. Ellos tres, como la mayoría de sus compañeros, también
integraban el equipo inicial. Bard, además, era el capitán y el
que se encargó de conseguir el primer cartel que anunciaba, orgullosamente,
el nuevo club: con su propia letra pintó la bandera y el nombre.
Así, la modesta canchita levantada en el lado este de la Dársena
Sur comenzó a "vestirse" con mejor ropaje. Con la identificación
vistosa y visible, con arcos de madera —donados por el padre de
Flores— que reemplazaban los dos montoncitos de ropa o los dos
adoquines de los tiempos inaugurales, con un alambrado precario
—pero alambrado al fin— y con una casilla que servía —entre otras
cosas— como vestuario. Ahí jugaba el primer equipo: Moltedo, Ratto,
Cevallos, Peralta, Carrega, Bard, Kitzler, Martínez, Alberto Flores,
Enrique Zanni y Messina. Con camiseta toda blanca, casi ropa interior,
River Plate salía a la cancha de tierra a mostrar su fútbol. Faltaba,
claro, otra indumentaria. Algo que distinguiera nítidamente al
cuadro que crecía día a día. Un toque de color, al fin de cuentas.
La solución, casi mágicamente, surgió sobre el final de una alegre
noche de carnaval, cuando ya prácticamente no sonaban los pitos
ni las matracas, y las serpentinas arrugadas y rotas tapizaban
el adoquinado, cuando sólo quedaban puñados aislados de divertidos
que se resistían a irse a dormir. Cinco pibes vieron que una cinta
de seda roja colgaba de la parte de atrás de un destartalado carro.
Los ojitos les brillaron casi al mismo tiempo y el objetivo fue
uno solo: apoderarse de ese trozo de tela. El carro, tirado por
un cansado caballo, transitaba tan lentamente que le dio tiempo
a uno de los muchachos para pegar el manotazo y salir corriendo.
Todos festejaron la audacia, la picardía. Todos, también, se ilusionaban
imaginando la nueva casaca. Aquella cinta roja fue cruzada en
diagonal sobre la camiseta blanca —de izquierda a derecha— y prendida
con alfileres. Después, con otras telas parecidas —varias de ellas
sacadas de la comparsa Los Habitantes del Infierno, uno de cuyos
integrantes era Bard—, se completó el juego. La banda roja se
hizo símbolo. Y la felicidad fue mayor aún al estrenarse la reluciente
pilcha ante el Maldonado, un rival de Palermo: ganó River, aunque
las crónicas de la época no consignaron el resultado. Pero ganó:
por mejor fútbol y por elegancia, habrá pensado más de uno...
El crecimiento del club fue constante, más allá de los medios
precarios. Con el incansable empuje de la juventud, con los colores
queridos siempre pegados al alma, con la intención innegociable
de hacerse un lugar en el aún incipiente fútbol argentino, River
fue quemando etapas y mirando permanentemente hacia adelante.
Eran los románticos tiempos del amateurismo, donde todo se hacía
a pulmón. Los éxitos, entonces, dejaban un sabor más dulce en
la boca. Como las paradas bravas en Tercera, en 1905 (el 30 de
abril se jugó el que se computa como el primer partido: 2-3 contra
Facultad de Medicina); y en Segunda, en 1906. Como el ascenso
a Primera División, el 27 de diciembre de 1908, cuando Luraschi,
Chiappe y Politano; Messina, Morroni y Chagneaud; Anapodisto García,
Grifero, Abaca Gómez, Elías Fernández y Priano golearon 7-0 a
Racing. Como la resonante victoria (1-0) frente al legendario
Alumni de los hermanos Brown, el 12 de setiembre de 1909. Como
el primer triunfo contra Boca, en el capítulo inaugural del duelo
eterno: 2-1, con goles de Cándido García y de Penney, en 1913.
Como la obtención de la Copa Competencia —un título no reconocido
oficialmente—, el 20 de diciembre de 1914, cuando venció 1-0 al
Bristol de Montevideo. Como la primera vuelta olímpica, el torneo
de 1920 —por dificultades de calendario finalizó el 9 de enero
del 21—, con Crotti, Choperena y Giúdice; Taramasso, Cándido García
y Simmons; Arroyuelo, Galanzino, Laiolo, Rofrano y Chavín en el
último partido: 2-0 contra Quilmes. Victorias y más victorias.
River se hacía canto en los tablones siempre repletos. River tenía
himno por la inspiración del poeta Arturo Antelo, quien le puso
letra a la melodía inglesa de It's a long way to
Tipperary (Es largo el camino a Tipperary). River Plate, tu grato
nombre/derrotado o vencedor/siempre cual, un solo hombre/nos tendrá
a su alrededor/¡mientras viva tu bandera/la izaremos con honor!,
reza una de las estrofas. Los contratiempos ocasionales, las obligadas
mudanzas de escenario —de la Dársena Sur a Sarandí, de ahí otra
vez a la Dársena Sur (lado oeste), el desalojo que llevó a alquilar
momentáneamente el campo deportivo de Ferro, la vuelta a la Boca—,
no achicaron el entusiasmo de los hombres que empuñaban la bandera
blanca y roja. Al contrario: los inconvenientes los fortalecieron,
les templaron el ánimo, los ayudaron para apuntalar el despegue.
En 1915, en el predio delimitado por las calles Pinzón, Caboto,
Aristóbulo del Valle y Pedro Mendoza, en la Boca, se estrenó la
cancha que precedió al viaje al Norte de la ciudad. Impulsado
por el innovador y audaz José Bacigaluppi, el presidente de entonces,
River decidió dar un paso gigantesco. Contra viento y marea, contra
aquellos que no querían dejar la Boca ("Ahí nacimos y ahí hay
que quedarse", argumentaban a los gritos), Bacigaluppi se impuso
en la pulseada. A mediados de 1922 se iniciaron las obras en el
terreno de Alvear y Tagle. Y el 20 de mayo de 1923, en un amistoso
ante Peñarol de Montevideo —un entrañable amigo—, se levantó el
telón del flamante estadio. Un templo del fútbol. ........................................................................
Los últimos años del amateurismo se consumían lentamente, aunque
en realidad ya se practicaba un profesionalismo encubierto. Al
blanquearse la situación —con una huelga de futbolistas incluida—,
en 1931, nació la era rentada. Nació la era del incuestionable
predominio de River. En el nuevo escenario del fútbol argentino,
los hitos se fueron acumulando uno tras otro. El club acrecentó
su poderío económico y futbolístico. Sacudió las conservadoras
estructuras. Conmovió a todos con hechos impactantes. En ese año
31 pagó 10 mil pesos, una suma sideral, para contratar a Carlos
Peucelle —un wing derecho de Sportivo Buenos Aires que terminó
jugando en casi todos los puestos, y que se transformó primero
en referente y después en Maestro—; así le quedó para siempre
a River el apodo de Los Millonarios. Un apodo que se robusteció
en el 32, con la adquisión de Bernabé Ferreyra —un delantero revolucionario,
incomparable— por 35 mil pesos, otro dineral. De la mano de La
Fiera, llegó el primer campeonato profesional, en la misma temporada.
Y el doblete en 1936-37. Y el sueño hecho realidad de ese notable
visionario (muchos lo tildaron de loco) que fue Antonio Liberti:
el majestuoso Monumental, inaugurado el jueves 26 de mayo del
38. Y La Máquina, el equipo cumbre, con un ataque que se sigue
recitando de memoria: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.
Y Alfredo Di Stéfano, la Saeta Rubia. Y Amadeo Carrizo, el inventor
del arco. Y Walter Gómez, con su fútbol electrizante. Y Pipo Rossi,
la voz de América. Y el primer tricampeonato (1955-56-57) de los
tres que ostenta. Y la racha negra: dieciocho años sin vueltas
olímpicas. Y el talento de Ermindo Onega. Y la zurda letal del
Mono Mas. Y el River-pibe de Didí. Y el retorno a la alegría,
con el Viejo Angel Labruna como técnico ("Vengo para ser campeón",
desafío en 1975 y cumplió). Y Juan José López, Merlo y Alonso,
qué mediocampo... Y Passarella, Fillol, Perfumo, Morete, Luque;
nombres, nombres, nombres. Y las copas internacionales, con Héctor
Veira y con Ramón Díaz. Y Enzo, ídolo total, como los más grandes.
Y Ortega, gambeteador mágico. Y Astrada y Hernán Díaz, símbolos
y ganadores récords. Y Aimar, el talento. Y Saviola, el gol. Y
los títulos, treinta y cinco títulos: veintinueve de AFA, dos
Libertadores, una Intercontinental, una Interamericana, una Supercopa,
uno amateur... Nadie ganó tanto. ........................................................................
25 de mayo de 1901-25 de mayo de 2001. Cien años de gloria. Cien
años de galera y bastón. Cien años de River Plate.
Miguel Angel Bertolotto - Clarín digital 25/05/01
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