El equipo de la sexta categoría,
donde estaba Javier, tenía programado un entrenamiento
el viernes 9 de octubre a las dos y media de la tarde. Javier
había ido a la escuela por la mañana, había
comido, y se presentó como siempre en el vestidor dispuesto
a ponerse las botas y a vestirse de corto. Entonces Delém
entró en el vestuario. Señaló a Saviola
y a Damián Álvarez y con tono amenazador dijo:
"Ustedes no se cambien". Los chicos se extrañaron,
los compañeros no entendían nada. Delém
volvió a abrir la boca para resolver el misterio: "Ustedes
entrenan con el Primera". Y sonrió. El vestuario
fue una fiesta.
Saviola y Álvarez recogieron
las cosas y abandonaron las instalaciones de la Ciudad Deportiva
Universitario. Iniciaron un camino que ya no tendría
retorno. La sesión empezaba a las cuatro, así
que no tenían prisa. Pero corrieron, las piernas les
corrían solas por la ilusión que tenían.
No era normal saltarse seis categorías de golpe y encontrarse,
de repente, con esos jugadores que habían admirado
y animado desde las gradas como aficionados o como recogepelotas.
"Ramón Díaz me dijo, a través de
su ayudante, que necesitaba un jugador de esas características,
un delantero y un volante. Miré en la reserva, en la
primera categoría, la segunda, la tercera... Y no había
nada que me llamara especialmente la atención. No había
demasiada calidad. Hasta que en la sexta encontré a
Saviola y Álvarez. Creí que podían responder
y me arriesgué. En River la edad no es importante,
nos centramos en la calidad", dijo Delém.
Se ubicaron en el vestidor y
empezaron a aparecer Burgos, Bonano, Hernán Díaz,
Astrada, Berti, Sorín, Pizzi... y Ramón Díaz,
que pasó sin decir nada. Era normal tener a dos o tres
pibes de la cantera de prueba. "El primer entrenamiento
me fue bastante bien. Creo que hice uno o dos goles en el
partidillo", recuerda Saviola. Explica Bonano que "la
primera cosa que nos llamó la atención fue su
físico y su carita, tan aniñada, tan angelical.
Después nos sorprendió su calidad, su olfato
de gol, su picardía. Realmente fue una aparición,
porque no habíamos oído hablar de él".
Ramón Díaz lo volvió a convocar. "Supongo
que la idea de Ramón no era la de hacerlo debutar de
forma inmediata. Solía tener en el equipo algunas promesas
para que se fueran haciendo y al cabo de un año empezar
a entrar en convocatorias. Se había hecho con Aimar,
por ejemplo. Era lo que se podía esperar de Saviola",
aclara Bonano.
Pero la suerte volvió
a sonreír a Javier. La relación del técnico
con Pizzi dejaba mucho que desear y había en la plantilla
algunos jugadores lesionados. Así que Ramón
Díaz incluyó a Saviola en la lista de convocados
para Jujuy, contra el Gimnasia. Entraba en una convocatoria
con tan sólo seis entrenamientos con el primer equipo.
"Me iba hacia casa y, por casualidad, miré la
pizarra del vestidor. Estaban los que viajaban. ¿Qué?
¿Cómo? No me lo creía". Se quedó
ahí plantado, con la boca abierta frente a la pizarra,
hasta que por detrás pasó el veterano lateral
Hernán Díaz "y me dio una colleja para
que reaccionara. Me dijo: 'Despertá, que es verdad'
". No había manera. "Al principio creía
que el técnico se había equivocado y había
puesto Saviola en lugar de Sarabia". Aquel 16 de octubre
de 1998 fue emocionante. Fue exactamente 48 horas antes de
su debut. Y lo más importante aun tenía que
llegar.
Faltaban cinco partidos para
la conclusión del Apertura'98 y el equipo tenía
pocas opciones de conseguir el título. River jugaba
en Jujuy, en pleno verano y el calor castigaba más
que en cualquier otro sitio. O por lo menos eso le parecía
a Javier desde el banquillo. Entonces, en el minuto 15 del
partido, Cristian Castillo se lesionó. "Miré
hacia los dos lados y vi que yo era el único delantero
del banco. Entonces empecé a temblar", recuerda
Saviola. Ramón Díaz llamó al pibe y sin
apenas haber hecho calentamiento éste saltó
al campo. "Quiero que estés tranquilo, sos muy
joven y acá la responsabilidad la tienen todos esos
jugadores experimentados que ves. Así que salí
y enseñá lo que sabés. Yo y todos los
jugadores te bancamos a muerte", le dijo. Se lo tomó
al pie de la letra y, tras varias jugadas, a los ocho minutos
de la segunda parte recibió un pase de Ángel
y disparó. Gol. Batió a Castellano, que no pudo
hacer nada. "Grité de alegría. Me acordé
de mi familia, del esfuerzo que habían hecho para que
yo pudiera estar allá. No me había imaginado
nunca un debut como aquel. Si ya estaba satisfecho por haber
entrado...", explica un Javier que comenzó a ritmo
de Fórmula 1.
Ese mismo día firmó
su primer autógrafo. El Diario Olé relató
así aquellos 75 minutos que Javier estuvo en el campo:
"La presentación incluyó gambetas, piques
electrizantes y un gol. Debutó y fue figura".
Bonano también tiene claro que aquel día Saviola
inscribió una de las páginas más bellas
de su vida y de la de River: "En él hay algo especial
y ya lo demostró en aquel partido. No lo conocía
nadie y en menos de 90 minutos se ganó a todos. La
gente estaba con él. Hay otros que tardan años
o tienen que hacer demagogia besando la camiseta para conseguirlo.
Él tiene una cosa inexplicable. Un don. Con un solo
partido la afición ya lo adoraba. Dicen que todos desprendemos
una energía, y la suya fue y es muy positiva".